LAS FIESTAS DE AGOSTO

Aquel día mi madre no me dejó salir de casa. Le dije lo de las fiestas pero ella me dijo que no, que mañana sí. Y desde primera hora escuchaba el petardeo y los cohetes. Y yo no podía aguantar más y quería salir. Mi madre no paraba de descorrer los visillos y de asomarse a la ventana. Lloré todo el día y mi madre solo me decía que no, que mañana sí. Y la recuerdo llorando también. No entendía nada. No sabía por qué razón no podía salir a jugar si ya se escuchaban los cohetes de las fiestas de agosto. Me acuerdo bien de aquello. Todavía siento cómo mi madre me agarraba y no me dejaba ni moverme siquiera por la casa. Me decía que me quería muchas veces, como si no lo supiera, y no paraba de llorar, lo que me hacía llorar a mí también. No la veía así desde que murió mi papá, un año antes. Igual estaba así porque se acordaba de mi padre, eso pensé. Y me acuerdo bien de aquello porque ella decía mucho “si por lo menos estuvieras aquí...”, y claro, el único que había vivido en casa fue mi papá, y era normal que se acordara de él. Lo que no era normal era no dejarme salir a la calle. Pero ella que no, que mañana, que me iba a llevar a donde el Hipólito a que me cortaran el pelo para estar guapa en las fiestas, y que así de paso le felicitara. Por eso me acuerdo que fue el 12 de agosto, porque al día siguiente era el santo de don Hipólito el peluquero.

No fue hasta muy tarde que me pude dormir, con todo aquel jaleo, pero ya no le decía nada a mamá, viéndola como la veía, así de mal. Cada vez que ella se acercaba a la cama yo cerraba los ojos para que ella no se preocupara. Lo hacía tan fuerte que tenía que aflojar para no hacerme daño. Mi madre venía y se iba. A veces me besaba, pero otras ni eso: solo llegaba para volver a irse. En una de éstas me tuve que quedar dormida porque no recuerdo cuando se metió mi madre en mi cama. Por la mañana ninguna de las dos dijo nada del día anterior. Y me acuerdo de eso porque no nos dijimos nada de nada hasta que llegó a casa don Félix González, vecino y gran amigo de mi madre, que ya en lo posterior no sería don Félix sino “el pobre” Félix, siempre en boca de mi madre, y siempre con lo de “pobre”. Él fue uno de los que no se quiso ir con el resto a Guadalupe, y aquí aguantó, el día 19. Entonces entró y fue cuando supe que aquel día no me cortarían el pelo: al parecer se habían llevado de paseo a don Hipólito junto con muchos más. También se habían ido de paseo Crisanto el guarda, Eloy, Felipe Bravo, el señor Doroteo, aquel que era sastre… “¿Y a dónde mamá?” “De paseo hija, de paseo.” Y vuelta a llorar y a estrujarme, y don Félix clavado como una estatua en la puerta. Y aunque no supiera lo mismo que sé hoy, ya sabía que algo malo pasaba, que yo siempre fui muy lista.

Creo que a todos nos pasa el dudar sobre quién dijo tal historia, y dónde la dijo, pero sí saber que lo que se dice es verdad; y sé que son verdad porque esas historias las he contado muchas veces y yo no soy de esas que se las inventan, que a mí no me hace falta eso. Así que no sé bien si fue don Félix allí mismo, o el bueno de Benito en la plaza, o tal vez fuera Inés… El caso es que todos decían que eso era por lo de León Cid y los otros, a los que los nacionales se habían llevado de paseo también. Claro está que a mí eso de los nacionales me sonaba a chino. Y que eso de la venganza se veía venir, que aquello estuvo mal. Que había algunos que sí, pero otros que no, que no se lo merecían: como al bueno de Antolín Moyano, que tan poco mal hacía. Así que era normal que su primo Valeriano se hubiera querido vengar. O la Isidora, que no sabía ni leer ni contar casi, que siempre se liaba con la cuenta en la tienda de la plaza. “¿Esa qué culpa tenía?”, y eso sí sé que lo dijo don Manuel el de la Falange, que hay que ver lo que me intrigaba esa palabra. Otro de los que en lo posterior sería “el pobre” don Manuel. Y don Manuel era de los muchos que tenían la certeza de saber quiénes se habían echado al campo. Con su vozarrón de maestro daba nombres como el que dice de carrerilla la tabla de multiplicar: “Martín López, Paulino Villares, Leandro Gonzalo…”, y muchos más, y así, para que nadie los olvidara. Hay que ver lo buena que es la memoria que nadie los olvidó, y así y todo, que incluso que fueron todavía más que los que decía don Manuel a los que fusilaron en Cáceres en el 40 o así.

Pero ya nada fue lo mismo. Nadie hablaba de otra cosa que de aquello. Y hasta yo misma temía que se volviera a repetir, pues no había sido poco lo que había pasado. Y en lo posterior solo me acuerdo de lo pálida que se quedó mi madre cuando le contaron que venían otra vez, sí, otra vez los mismos. Que estaban ya cerca, con un tal Uribarri al frente, puede ser. Pero eso lo supe después, pues fue llegar el primer rumor y ya estábamos medio pueblo a la carrera, casi con lo puesto, que no me dio tiempo ni de despedirme del pobre Félix. Y sé qué día fue aquello otra vez por los santos, pues íbamos con mi primo Juan al lado y le felicitamos, y eso es el 19.

Así que andamos a la carrera hasta Guadalupe, que no estaba tan cerca. Mi madre ni lloraba de lo cansada que estaba, y yo tenía muchas ganas de llegar. Con las ganas que tenía de ver a la Virgen a mí no se me hizo cansado. Y vaya impresión que me llevé al ver aquello. Sabes hija, yo nunca había visto nada igual, tan grande y bonito. Y de saber que estaba la Virgen allí me dio por agarrarme a mi madre y ni la solté hasta llegar de lo nerviosa que estaba. Pero eso fue hace tanto que casi ni me acuerdo.