CRISTÓBAL Y PEDRO EN MEDELLÍN

Ya no me canso como antes; un poco tal vez, pero no como antes. En Medellín las dos cabezas de cabra que nos acompañan están más cansadas que yo. Tendríais que mirarles la cara a estos dos. Antonio de Torres se ríe de ellos, de lo pálidos que están, de que parece que ha sido llegar y ya son más blancos, dice. Estos endemoniados temen mucho al frio, no son nada esforzados. Suerte que estemos en junio. La primera vez eran doce, igual alguno más, y a Barcelona me llegaron la mitad. Alguno no pisó ni Lisboa. Por entonces éramos solo dos carabelas: la Gallega había encallado allá Nos cogió la tormenta y nos tuvimos que desviar, una tormenta que parecía que nos iba a tragar. Puede ser que se marearan por el temporal, aunque yo creo que fue el frio de marzo el que los mató. Cuando fuimos a ver a Fernando e Isabel se nos murieron más indios que papagayos.

Antonio de Torres ríe mucho, se agarra el estómago y no puede parar. Viene así desde Sevilla, donde dejamos al resto de cabezas de cabra. Eso de las cabezas se le ocurrió a Antonio cuando nos encontramos con Berardi en el puerto. Berardi es una de las víboras que han apoyado mi empresa. Ese maldito italiano contaba a los indios como a piezas de ganado, y le disgustó que fuesen tan pocos: de los quinientos del año anterior no vivían ni un décimo de ellos; por lo que estos treinta eran poca cosa para él. Antonio ya se fijó aquella vez en cómo los contaba, de dos en dos, muy rápido, sólo contando cabezas: fue inevitable que pensara en cabezas de ganado. Se puede entender que le haga tanta gracia porque no está acostumbrado como yo a tratar con él. Ocho años atrás traje a muchos de Guinea y fue este Berardi el que me recibió. Ahora, en Sevilla, otra vez él, gritando, como una fiera, ¿sólo estos?, sólo estos sí… pero es que este viaje es diferente: en éste vengo yo.

Pinelli y Luis Santángel quieren más. Los reyes también quieren oro; aun así tuve que andar pidiendo dinero para echarme a la mar: ellos no tenían el qué darme, decían. A todos les prometí mucho, demasiado. Ellos vieron el oro que traían los indios en la nariz, y en las orejas. Hasta que lo encuentre llevaré caníbales; solo pido tiempo. Con ellos es difícil comunicarse: no me dicen nada del Gran Khan, como si no supieran de él, como si no tuvieran rey alguno. Todos van desnudos, todos parecen iguales. Las dos cabezas de cabra serán nuestros traductores cuando regresemos a las indias. Tal vez Berardi, a la vuelta, ya no esté, pidiendo como le gusta, molestando: en el puerto de Sevilla no paró de gritar y de gesticular, así que tuvimos que darle un guantazo, para que se calmara. Es por lo que ahora ríe Antonio, por aquel guantazo.

En Medellín nos aplauden. Antonio parece feliz; le gustan estos momentos. Fue tan pobre antes de venir que lo entiendo. Yo, en cambio, cuando era otro, vivía en un castillo… Siempre dejo que el pobre disfrute. No le digo nada aunque me gustaría: “¡más alta Antonio, más alta la frente! Nosotros hemos cerrado el círculo. Navegamos más allá de donde cae la mar y no nos caímos”, pero nunca abro la boca. Los indios en cambio tienen la quijada caída, como peces fuera del agua. Los dos lo están pasando mal, tienen muy mala cara. Tampoco soportan el calor. Las gentes de Medellín nos traen comida, nos dan más agua. Uno de los muchachos del pueblo se queda tieso delante de los indios, con los ojos tan abiertos que me veo a mí mismo hace muchos años, la primera vez que me subí a un barco, allá en Pontevedra; pero no quiero hablar de mi otro “gran secreto”. Llegado el momento os hablaré de mi vida, de mis dos vidas… El niño se llama Hernán. Nos acompaña hasta la Iglesia de San Martín. Suenan las campanas. Una cosa tan simple como ésta basta por sí sola para llevarme lejos, donde las rías, donde dejé tierras, mujer e hijos, donde me dejé…

Nunca me gustaron gran cosa los asuntos de religión, ni los santos, ni nada que tuviera que ver con olor a lágrimas ni a incienso. Pero después de la tormenta del primer viaje a uno le entran ganas de rezar: ese día me enteré de que la Virgen existía. Había estado en Guadalupe unos años antes y vi la devoción que se le tenía. El día de la tempestad me encomendé a ella, y le prometí como a los reyes, como a esos florentinos, como a todo el que me escucha: toda una vida prometiendo, ¿o debería decir dos? Cuando nos salvamos sentí la necesidad de ir a darle las gracias. En La Puebla el padre prior y los frailes me pidieron que bautizara una isla con el nombre de Guadalupe. Así lo hice. Antes de venir estuve allí para coger a dos mozas, madre e hija, de manos del cacique. Eran muy bonitas, como la que le regalé hace algunos años a Michel de Cuneo. Cuando las vi pensé en él, y en lo feliz que se puso. Ahora me avergüenzo de lo que hice. Espero que Berardi les haya encontrado un sitio mejor.

Al salir de Medellín Antonio ya no ríe. Sé que la gente tiene estos cambios, que unas veces ríen y otras no. Yo siempre estoy igual de serio: ni en brazos de Beatriz mostré la mínima dulzura. Soy así desde que me llamo Cristóbal Colón; era así cuando me llamaba Pedro “Madruga”. Ya tenéis un nombre y un apodo. Suficiente.

Decidimos entre Alberto y yo quién será el padrino del más alto: seré yo. Cuando lleguemos a Guadalupe él apadrinará al otro. Vamos a bautizarlos y a contarles a los frailes que y a tienen su isla. Allí rezaré otro rato. Si no lo hiciera rompería mi promesa, otra más. Me odiaría si eso ocurriera. Ella es la única que no se lo merece. Alberto sonríe de nuevo y esta vez le pregunto. Dice que está pensando en el nombre que le pondrá al suyo. El pobre no sabe que se llamarán como yo: el más alto Cristóbal, el más bajo Pedro.