ENTREVISTA DEL DOCTOR MARAÑÓN A ENRIQUE IV

En el monasterio se lo encontró recién salido de la tumba. De un lado a otro arrastraba lo que le quedaba de su túnica de terciopelo azul; en las piernas, unas polainas de cuero recio; de los borceguíes moriscos con los que se le enterró no había rastro: Enrique IV llevaba descalzo cuatrocientos setenta y dos años. Con la intención de no molestar a la reina doña María se apartaron del retablo tras el que se habían encontrado ambos ataúdes de pino. Al esqueleto de ella le faltaban los huesos bajo la rótula, por lo que no pudo salir. El monarca rehusó darle la mano al doctor: “mejor será que nos alejemos un poco”, y eso es lo que hicieron. Gregorio Marañón quería entrevistar a Enrique IV. Dieciséis años antes había publicado el Ensayo biológico sobre Enrique IV de Castilla y el hallazgo de su ataúd le sorprendió en la Academia de Historia, junto a don Manuel Gómez. Ambos solicitaron estar presentes en la exhumación, y la mañana del 19 de octubre de 1946 partieron para Guadalupe. Primero, la entrevista; después se fotografiaría el cráneo, que se pondría encima del altar, como había solicitado el difunto. El doctor pudo comprobar que era cierto lo que se decía de su nariz, y de su mentón, y de todo lo demás…

— […] ¿Sabe doctor?, siempre me agradó este lugar. Con diez añitos vine aquí con mi padre Juan, y siempre que me acuerdo del monasterio, ésa es la imagen que me viene, no las otras.

— ¿Qué recuerda exactamente de aquel viaje?

— Que vinimos de Madrid. Y que al llegar bajamos hasta el santuario desde el Humilladero a pie. Esa es la imagen que le digo, desde allí arriba. Poca cosa más. Mi madre le podría contar. Ella llegó dos días después. También recuerdo que fuimos a la granja de Valdefuentes, y que montamos en barca en el estanque de los molinos.

— ¿Disfrutó de aquella visita?

— Supongo. Era un niño entonces.

— Un niño cercano a sus padres…

— Sí, por supuesto. Eso creo. Un niño, le digo.

— Piense en su padre… y dígame un color. Haga lo mismo con su madre.

— Cuando pienso en ellos no veo colores.

— … ¿y qué ve?

— Nada. A mi padre y a mi madre. Del mismo color.

— Dígame cual. ¿Es el rojo?

— ¡No veo colores!, ¿me entiende? Los veo a ellos, como eran, sin colores.

— Son juegos nuevos, de alemanes… allí los usan. Funcionan. Así se saben cosas que no se quieren decir, que quedan adentro. Lo dejaremos, si usted quiere. Pero necesitaré que sea sincero, que me hable con honestidad sobre sus padres, sobre la relación que tenían. No se calle nada, por favor.

— Mandé ser enterrado junto a mi madre…

— ¿Y qué me dice de su padre Juan?

— La relación era perfecta. No vuelva a… deje el tema, me ofende.

— Quiero que entienda que todo lo que me diga sobre su infancia, sobre cualquier clase de trauma que haya podido tener, puede ser revelador.

— En mi vida tuve ningún problema, salvo el mal de ijada. Más allá de eso no tuve nada.

— Lo que usted llama mal de ijada son unos desórdenes estomacales dolorosos, posiblemente litiasis hepática. Usted comía compulsivamente, ¿por qué el doctor no se lo prohibió? Tengo entendido que el doctor Soria era demasiado permisivo con usted.

— Con las purgas y los vomitivos era suficiente. Nada más dejé que me hicieran. No era culpa del doctor, créame. Sabrá que esa dolencia me trajo hasta aquí.

— Tengo serios indicios… creo que fue envenenado, con arsénico posiblemente. Este veneno provoca gastroenteritis sanguinolentas. Los doctores pensarían que aquello no era más que otra fase de su dolencia. Sospecho que le envenenaron para facilitar la llegada al trono de su hermana Isabel.

— …

— No quisiera haber dicho algo insolente. Ruego que me disculpe.

— Pienso en mi hija Juana. ¿Quién me sucedió?

— Su hermana Isabel. Muchos creían que Juana no era su hija… que usted nunca habría podido tener hijas. Dice Pulgar: “La Reina Juana concibió, de lo cual todos los del reino tuvieron gran escándalo, porque, según la impotencia del Rey, conocida de muchas experiencias…” Alteza, Pulgar era contemporáneo suyo. Muchos le tachan de impotente.

— Otra vez con eso…

— No se enfade Alteza. Yo le doy la razón. Creo que porque haya podido tener episodios de impotencia con alguna mujer, no ha tenido que ser así con todas. Eso es lo que quiero aclarar. Es muy importante que me ayude. Tal vez sea algún trauma el...

— Nunca he tenido problemas con mujer alguna. Es todo falso.

— Le leo lo que dijo Mosén Diego: “El rey y la reina durmieron en una cama y la reina quedó tan entera como venía”. En la declaración para la nulidad de su matrimonio con Blanca se dice que tras trece años “dos matronas la cataron y estaba virgen incorrupta como había venido”. Trece años, ¿qué tiene que decir a eso?

— Blanca me embrujó. Aquello fue legamento. De ahí que me divorciara. Me volví a casar y tuve una hija. ¿Usted que dice a eso?

— Aunque le crea, y sabe que le creo, lo que usted llama embrujo puede ser algo más prosaico y, a mi modo de ver, mucho más común: impotencia psíquica. Que se volviera a casar denota confianza consigo mismo. Estas disfunciones esporádicas pueden tener muchas causas: aspectos morfológicos, traumas pasados… ¿aquella experiencia con 12 años no le influyó? Eso es lo que antes le intenté sonsacar.

— No recuerdo nada especial a los 12 años. No le puedo ayudar.

— El susodicho doctor Soria dijo que estuvo con usted “sin conocerle defecto alguno hasta los doce años, que perdió la fuerza por una ocasión”. Lo único que pretendo, no lo olvide, es demostrar que a pesar de lo dicho, Juana es hija suya por derecho; que su hermana Isabel subió al trono por usurpación. Permítame hablarle de su morfología.

— …

— Prosigo: Usted es de talla alta, de piernas largas, manos grandes… pero pies pequeños. Como se recoge en una descripción suya “las plantas muy corvas y los calcaños hacia afuera”. Eso, alteza, se llama pie valgo. Como verá su cuerpo presenta cierta anormalidad o displasia, y eso del pie valgo es muy común en algunos displásicos hipogenitales. Su piel blanca, la voz dulce, la cabellera recia... usted es el prototipo de eunucoide. La insuficiencia de hormonas sexuales produce en el hombre un tipo morfológico anormal, como es su caso. Una talla exagerada como la suya, el prognatismo, etc. se presentan en individuos con eunucoidismo acromegálico. Las perturbaciones sexuales son especialmente intensas en este grupo, el suyo.

— Hable, hable, por favor. Entreténgame.

— ¿Recuerda a Münzer? Habló de su pene. Gracias a él sé que usted sufre hipospadias: “Tenía un miembro débil y pequeño por el arranque, y grande por la punta, de manera que no podía enderezarlo”. La morfología del pene hipospádico no genera impotencia sino incurvación. Si ésta es severa, puede provocar impotencia coeundi, o imposibilidad de realizar el coito. También puede favorecer la eyaculatio ante portam. Esto acarrea subfertilidad, pero nunca una disfunción eréctil.

— Doctor, escúcheme bien. Una vez en el campo del Pardo comenzó a llover desde la mañana. Era uno de esos días en los que me escapaba en solitario para cazar. Tenía mi lugar, ya sabe, un sitio al que siempre iba, a quedarme quieto y esperar. Pues ese día de lluvia encontré a dos ciervos allí, bajo mi roble. Los ciervos se resguardaban de la lluvia. Al verlos no puede sino esperar a que se fueran: ellos allí, yo bajo la lluvia. Entonces uno de ellos me miró, como no me había mirado nadie antes… Al tiempo se fueron. Pero yo ya no volví jamás bajo ese roble.

— No logro entender lo que me quiere decir…

— Lo sospechaba. Usted que tanto sabe de palabras…igual no entiende, no sabe que una mirada nos sobrepasa, nos marca. Eso ha sido lo más importante de mi vida: aquel momento de lluvia, frente a aquellos ojos limpios. Nadie se ha dado cuenta de eso, ¿verdad doctor? Ni siquiera usted me ha preguntado por esto. La gente debería esforzarse por encontrar estos instantes de amor. Ésa es la única manera de conocer a los demás, de vaciarlos: sabiendo cómo fueron sus instantes de amor.

— Comprendo…

— Dígame doctor, ¿Cuáles eran las perturbaciones sexuales a las que hacía mención?

— La timidez sexual, la impotencia, la homosexualidad…

— ¿Ve en mi a un homosexual?

— Alfonso de Palencia dijo de usted que “se entregaba a costumbres tan infames que por respeto al pudor no se pueden referir”. Da nombres: Alonso de Herrera, Miguel de Lucas, Francisco Valdés…

— Soy impotente, no dejan de buscarme amantes, ¿le parece normal, doctor? Diga de mí lo que quiera en su libro.

— El libro ya está escrito. Lo escribí hace dieciséis años.

— Si piensa cambiar algo hágame al favor de decir lo siguiente: “Enrique IV no fue feliz. Nadie se lo permitió”. Me da igual si lo pone al final del libro, y con letra pequeña. Aunque si no… olvídelo.