LA VACA DE GIL CORDERO

Una vaca resucitada. Camino a Cáceres la miraba con preocupación. Al desollar la vaca le había trazado una cruz con el cuchillo, y ésta se levantó de nuevo, perezosa: “no temas, soy la madre de Dios”. Gil Cordero quedó deslumbrado, ensordecido por la celestial voz de María: “toma tu vaca y llévala al hato con las otras, y vete luego para tu tierra, y dirás a los clérigos lo que has visto”. Pero la vaca que resucita es como las demás, no se diferencian en nada, pensó Gil. Y de tanto mirar a unas y a otras, y de tantas que tenía…

La señora Lucía odiaba no ser la primera en dar la noticia, y como buena centinela callejera, siempre con prisas, pasitos para arriba la calle, pasitos para abajo, se le abrían los ojos como una urraca cuando se cruzaba con alguien, y decía con su vocecita: “El hijo de Gil ha muerto. Esta noche. Lo están velando adentro”. Volvía a cerrar los ojos, y sin más demora, aleteando de nuevo, la señora Lucía hacía la ronda. La calle Caleros no era de las más largas de Cáceres, pero cuando la urraca estaba en uno de sus extremos y entraba cualquiera por el opuesto, la cantidad de pasitos que había que dar no era nada desdeñable; y aleteando con prisa calle abajo, Lucía iba al encuentro de una sombra cabizbaja. La nueva presa no es otro que Gil, que por su manera de andar ya debe de estar al tanto de todo. La señora Lucía, un poquito descorazonada, ni siquiera le dirige la palabra. Gil, años más tarde, ya en el lecho de muerte, soñó con la señora Lucía, de nuevo al acecho: Una mala premonición, pensó; y tras un movimiento brusco y una súplica indeleble que nadie entendió, se fue. Entre sollozos se le despidió. Todos los que rodeaban el catre se apenaron al ver al cura cerrar unos ojos que tanto habían visto… Sin embargo, al llegar aquella noche a casa, Gil no se percató del aleteo de la urraca: repetía tímidamente el discurso que había de dar: “… que vengan a este lugar donde ahora estás, y hallarán una imagen mía. Y cuando la saquen, diles que no la muden ni la lleven de este lugar donde ahora está; más que hagan una casita en la que la pongan”, y diría: “ésas fueron sus palabras, las que me dijo. Como prueba traigo a la vaca”.

En la casa se encontró con el cadáver de su hijo, y a su mujer llorando, y a las señoras de negro, y un olor indescifrable. Besó a ambos, como siempre hacía cuando regresaba a casa. Su hijo estaba frío. Tanteó su cuerpo, y acercó la nariz. Entonces lo entendió: “que nadie llore. Mi hijo va a resucitar. Así lo quiere la Virgen”. Se sorprendió al igual que el resto de sus palabras, que no cesaban, que no eran suyas, que eran cada vez más fuertes. Las señoras de negro se santiguaron. Ahora era él quién suplicaba: “… y si es verdad lo que de vuestra parte vengo a decir, viva el muerto por vuestra virtud milagrosa y publique conmigo esta infalible verdad, que de vuestra celestial boca oí. Yo os prometo, Señora, que él y yo seremos siervos vuestros, consagrados desde luego al servicio de la casa que queréis se edifique y levante en vuestro honor y veneración”. Cuando el niño se incorporó el susto fue mayúsculo y generalizado, exceptuando al clérigo, que según decía, había visto de todo en la vida. Fue el niño el que conminó al padre: “¡llévanos padre a aquel lugar!”, gritó. Los parroquianos salieron a empujones, atropellados. Todos querían ver a la Virgen. Estaban exaltados y animados. Peregrinaron en plena noche mientras seguían a Gil Cordero. La señora Catalina no se podía contener: “¡hay que ver lo bien que ha hablado el mozo! ¡Como todo un hombretón!”

A la salida de Cáceres el grupo de peregrinos era notable. Gil buscaba a su hijo. Al enfilar la última calle empedrada de Cáceres lo tuvo a sus espaladas, junto a él. Tal vez cuando se vieron dentro de aquel barrizal, se distanció un poco; sí, tal vez fue ahí. También se había distraído de su mujer. Gil solo veía bultos, unos más grandes, otros más chicos; solo contornos informes bajo la luna: alguno de ellos sería su hijo. Sonrió al acordarse de sus vacas. Todo sería más fácil si los resucitados levitaran, o algo así.