NOCHE EN EL PALACIO CONDAL DE OROPESA

“Pues yo no quiero que venga. La otra vez que vino no me gustó nada. Y nos dijo que volvería pronto. Mama quiere que esté aquí todo el rato. Como si viviera en el Palacio. Pero yo no quiero que viva aquí, Juan. ¿Crees que viene o no?” “Habla más bajo Ana. Si mama lo dijo es que va a venir. Escuché a padre algo de que mañana llegaba, pero no sé quién. A mí me dio miedo preguntar, que sabes cómo se pone. Padre solo hace caso a Francisco. Francisco seguro que lo sabe. Ve a su cuarto y pregúntale.” “Ve tú, Juan, que me da el miedo si salgo a lo oscuro.” “Estamos enfadados y tú lo sabes bien, que ni nos hablamos.” “Pues yo no salgo.” “Pues no sabremos si llega mañana.”

Ana se removió dentro de la cama. Juan la miraba. La última vez que Pedro de Alcántara vino, no durmió en toda la noche. Pero a él ya no le daba miedo. Él era mayor. Juliana sí sabía cómo tratar a Ana cuando se ponía así de pesada; y Beatriz también sabía. Pero las dos dormían hacía mucho. Él no se iba a mover de la cama ni nada de eso. Padre no quería que durmieran juntos; Pedro todavía menos: una vez los tuvo en la cama, desarropados, para que sintieran el frio. “Si viene me voy a esconder, y nadie me va a encontrar.” “Sabes que padre se conoce todos los sitios del castillo.” “Pues me salgo fuera.” “¿Por qué no te escondes dónde duerme Pedro?” “¡Cállate Juan!, yo allí no voy. Ese sitio me da miedo.” Juan, cuando tenía la edad de Ana, vio entrar a Pedro en su cuarto: la puerta era pequeña, como de niños. Venía descalzo, y cuando miraba lo hacía con detenimiento, viendo las cosas que hay detrás de cada uno. Eso le dijo su hermano Francisco: “ten cuidado con lo que haces que Pedro de Alcántara es capaz de verlo”. Pedro tenía fama de santo, y los santos hacen toda clase de prodigios. Juan se preguntaba si también vería lo que había debajo de la ropa: así que cuando él llegaba se ponía rojo de la vergüenza. Le pasó cuando vio por primera vez a su nuevo tutor delante de esa puertecita, que se le encendió la cara. Siempre que llegaba Pedro entraba ahí. En su ausencia era la única puerta del palacio que nunca se abría. Su cabeza imaginaba cosas de Pedro, como qué haría allí dentro, sin quererlo. Una vez escuchó que solo dormía una hora y media al día, que apoyaba la cabeza en un tablón. “Si viene yo no me muevo de la cama. Nunca más voy a salir si está Pedro.” “Vas a salir como todos. Así que no digas nada más. Cuando venga te vas a pasar toda la noche rezando, y lo sabes.” “Pero yo no quiero salir a lo oscuro. Fuera hace mucho frio, Juan. Si yo no sé rezar nada de nada.” “Tienes que repetir lo de misa muchas veces pero callada.” “No me gusta hacer eso.” “Pues lo haces porque lo dice padre y punto. Así se habla con Dios. Mama dice que tenemos que hablar con Dios y que Pedro sabe hacerlo.” “Cuando rezo a mí no me habla nadie.”

Hacía frio en Oropesa. El día anterior no se podía andar por la rampa del castillo: venía un viento que lo arrastraba a uno hacia abajo. A Juan y a Ana les gustaba jugar a que les llevara el viento, y era en ese ratito, al ser empujada, cuando Ana más disfrutaba. Juan decía un nombre de pájaro y Ana tenía que hacerlo; luego al revés. A Juan le gustaba mucho hacer el buitre, y cuando regresaba por la rampa siempre hacía que se comía a Beatriz, que les miraba jugar, que se enfadaba mientras la masticaban. A Juliana nunca le picó. Juan decía que era mejor presa Beatriz porque era mucho más gorda. Ana reía mucho. En el cuarto frío ella intentaba soñar con el viento. Le pedía a Dios que siempre fuera de día para jugar con Juan, y hacer de pájaro y que Pedro nunca llegara. “¿Mañana crees que hará viento, Juan?” Pero Juan ya se había dormido. “Juan, mañana seguro que hay viento, verás.” La que se despertó fue Juliana. Ana se tranquilizó mucho porque Juliana era su mejor hermana: era a la que le daba los abrazos más grandes. “Duérmete, Ana. Tienes que descansar que mañana llega el señor Carlos y hay que recibirle.” “¿Quién es ese Carlos? Yo no quiero que venga Carlos ni Pedro ni nadie.” “Sí que lo sabes, al que le costaba andar. Si te subiste en su silla… Era nuestro rey, lo que pasa es que está viejito y ya no lo es. Viene para irse con padre.” “Yo no quiero que viva aquí.” “Vivirá en Yuste, Ana. Hasta que terminen su casa se quedará en nuestra casa de Jarandilla. Ahora duérmete anda, que mañana llega temprano.” “¡Pues venga quién venga si no hace viento no salgo!”, gritó.