EL ÚLTIMO APÓSTOL DE BELVIS

“… puede que esté curvado, y delgadito como una rama, ¡pero es que ya entonces era así! Imagínese que hasta los indios se dieron cuenta, y aun siendo como son, tan pobres y eso, lo llamaban “Pobrecito”. Eso es lo que quiere decir “motolinía” en esa lengua del diablo. Al parecer se lo dijeron de camino, cuando pasó con los otros por Tlaxcala, motolinía, motolinía, que era normal que se dieran cuenta. Fíjese que vinieron así desde Veracruz, que hace como noventa leguas desde aquí. Los doce, descalzos y casi desnudos. Y todo son rocas y tierra dura. ¿Entonces me dice que no sabe dónde estará? [...] Sí ya se lo dije, de esos que vinieron de España, Los Apóstoles los llamaban. Doce eran le digo, doce como los otros, pero yo solo ando buscando a uno, al tal Toribio “Motolinía”. Y seguro que si lo vio debe de acordarse porque es muy poquita cosa, es casi nada. Mire que han pasado treinta y tantos años y los veo venir así como lo veo a usted. Porque yo estaba por aquel entonces en Tenochtitlan, y los recibimos como a reyes. Ya sabía yo que nada bueno vendría de esa gente, tan sucia. Hernán Cortés se arrodilló, y ni se dejaron besar las manos. Hernán se tuvo que conformar con besarles el sayal. Todavía me pregunto que a cuento de qué se los recibió así, como si fueran reyes. […] Evangelizaban y eso, que unos diez millones van ya de indios convertidos. Muchos son, ¿no cree? [...] Si no sabe nada, pues nada. Yo lo cierto es que no tengo cosa personal contra él.”

Tepectlan al mediodía da la impresión de pueblo abandonado. Hay un ruido que viene de muy lejos. Así suena El Llano de San Andrés. Es como de aire con piedra, que dicen acá. Pero nadie se atreve a salir a la calle cuando ese ruido arrecia. La gente de Tepectlan ha aprendido a quedarse quieta esos días, de viento, sequedad y calor. Solo se está en la calle si no hay otra opción. Si se tiene hambre y no hay comida, igual puede uno salir. Pero a veces ni eso. Los mayores siempre esperan a la noche. Cuentan que son los espíritus que no han ido al cielo, que aprovechan este valle para ir rápido no se sabe bien a dónde. Si se sale te pueden llevar con ellos. Eso les dicen a los niños. No es normal que alguien ande preguntando en días así, tan malos.

“¡Qué calorcito, mi señor! Nosotros venimos de Tacamachalco, bien cerquita. Casi ni agua, ¿verdad? Una planicie bien árida la vuestra. Traigo al pobrecito muerto… ¿me daría algo de beber, mi señor?... muy agradecido. […] Allí nadie lo vio. Allí no le dicen nada a uno. Era como hablar al aire. Pero mira que si le ha visto por aquí tiene que acordarse. Me dijeron en Tepayac, allá en el cerro del norte, que uno de los doce rondaba por aquí. ¡Todo eso anduve en busca de ese bicho! Fue allí donde convirtieron a la fe a ese indígena, Juan Diego, al que al poco se le apareció la virgen de Guadalupe. Y Motolinía es el último que vive, ¿sabe? Entonces pensé que tendría que ser él el que anda por acá en Tepectlan. ¿Hablo mucho, mi señor? […]Allá me dijeron que puede ser que no se llame ya así, ni Toribio ni Motolinía, que esté llamándose diferente… ¿tampoco le suena José Gregorio? Así era, seguro, José Gregorio. […] Usted también se cambiaría de nombre, ¿verdad? Pues lo que le dije antes se lo vuelvo a decir, que alguien tiene que saber algo. […] Yo no tengo ninguna cosa personal contra él. Si casi ni le conozco. Le vi hace mucho, como treinta años. Ya entonces se arrimaba mucho al indio. Comía como ellos y vivía como ellos, que Pobrecito le llamaban, para que vea cómo iba. Y aun así estoy seguro que algo de miedo les tenía. Ya cuando vinieron acá solo veían al diablo por todos lados, me acuerdo bien. Tuvo que ver la cara que pusieron al ver el dragón azteca, que se quedaron pálidos. Solo de verlo pensaron en San Jorge y lo del dragón. Pero eso es otra historia. Son cosas de lejos, que acá seguro no hay santo que haya estado. Eso creo al menos. [...] ¿Entonces no conoce a ningún José Gregorio? [...] Anda molestando a otros, eso es lo que pasa. No tuvo que defender tanto al indio. Ellos podían pagar como todos, digo yo. Para que veas que a ese bichejo bien que le preocupa el dinero, tan sucio que va. Pero yo no le deseo mal ninguno. Cuando dé con él lo ajusticio rapidito.”

Los dos hombres, el polvo. “¿Hacia dónde padre?” “Donde el rio Papaloapan, más al sur. Igual huyó hacia el agua.” “¿Y si nadie sabe de él, ni lo ha visto siquiera?” “Si alguien lo vio, es difícil no acordarse de esa poquita cosa, de tan flaquito que es el bicho.” El ruido del Llano de San Andrés cada vez viene de más lejos.