VIENE A VERME MORIR

“Viene a verme morir, que se marche.” Adriano de Utrecht regresó a la puerta de la casona; no tenía ningún inconveniente en permanecer fuera. “Espere ahí. Voy a convencerlo de que le deje entrar. Todo lo que dice es que va a morir, que se va a morir. No le resulta fácil hablar. Tiene parte de la quijada paralizada. Cuando le vea intente no fijarse demasiado, para que no se preocupe.” Zapata entró de nuevo. El duque de Alba le había entregado a Adriano un comunicado para que se personara en esta granja: Fernando II de Aragón no podía continuar el camino. Adriano se encontraba en Guadalupe para asistir al capítulo general de la orden militar de Calatrava que iba a presidir el propio monarca. Él era el preceptor Carlos de Gante, el nieto de Fernando.

Juana, hija de Fernando y reina de Castilla, llevaba seis años encerrada en Tordesillas, incapacitada para reinar. Fernando no había conseguido ningún heredero de Germana de Foix, su segunda mujer, así que le sucedería alguno de sus nietos: o Carlos de Gante, primogénito de Juana y Felipe I “el Hermoso”; o Fernando, segundo hijo varón de la pareja. Al contrario de Carlos, su nieto Fernando había sido educado cerca de su abuelo, en Castilla. Fernando temía que una educación como la de Carlos, en Borgoña, hubiera hecho de su nieto un incompetente, un lisiado para el reino: un nuevo Felipe “el Hermoso”. “Nada bueno ha llegado del norte de mi reino, Isabel.” Su nieto Fernando había nacido el 1503 en Alcalá de Henares, al sur, un año antes de la muerte de Isabel “la Católica”. Adriano conocía los recelos de Fernando con su primer nieto. Como preceptor del príncipe no dudó en acompañar a los frailes jerónimos hasta Madrigalejo, tierras del monasterio de Guadalupe donde se había refugiado Fernando: era el momento de hablarle de Carlos, de hacerle cambiar de idea. “Señor Duque, confesó Adriano; entenderá que quiera ser preceptor del futuro César, aunque no me dejen serlo de Castilla.” El día anterior, 21 de enero, en nombre de la reina Juana, se firmó un documento por el que se evitaba que Adriano de Utrecht fuese el regente de Castilla. Sin embargo, si conseguía hacer de Carlos el heredero al imperio, las posibilidades de que Adriano de Utrecht llegara a presidir la curia romana eran reales. Salvo el propio rey y su segunda esposa, que buscaban un heredero para el reino de Aragón, no había ni uno solo de los presentes que no viera en Carlos de Gante la opción más provechosa: en lugar de reinos separados muchos soñaban con un imperio inabarcable. Que el rey se decantara por el segundo de sus nietos sería problemático: esta decisión provocaría una guerra entre los partidarios de ambos.

A Adriano le preocupaba la salud del rey, encontrárselo tan mal que no pudieran ni hablar, ni hacerle ver: según el duque “no acierta a decir nada que logre entender”. Los problemas de hidropesía de Fernando eran cada vez más acusados. Las pústulas le habían desfigurado el cuerpo, y la parálisis facial que le sobrevino en junio del año anterior estaba cada vez más extendida. El doctor Carvajal había dicho en más de una ocasión que “está por venir, y todos sabéis a lo que me refiero”. Ese frio 22 de enero de 1516 la profecía del doctor parecía cumplirse.

Fernando había recurrido nuevamente a la cantárida, potente afrodisiaco del que se había valido con anterioridad; pero Germana nunca más quedó encinta. La mosca verde podía estar detrás de los problemas de hidropesía de Fernando. El doctor Carvajal ya había asistido a otros casos que presentaban el mismo cuadro, y muchos de ellos recurrían a la misma pócima. Se lo hizo saber. “Usted busque soluciones, que yo buscaré los problemas.” Aquel despecho le distanció de la futura suerte del rey. Después de aquello ni siquiera se esforzó en que se tomara las infusiones de berro y diente de león para la retención de líquidos. Salvo por una serie de cataplasmas y algún que otro remedio superficial, el doctor Carvajal lo dejó morir.

Muchos eran los que entraban y salían del cuarto. El doctor tomaba aire en el exterior. “Doctor, dígame que va salir de ésta. No parece él”, dijo Germana. Pero el doctor Carvajal no respondió. Germana entró sollozando. El resto del séquito preguntaba por el testamento. Luis Zapata tranquilizaba a Felipe de Vargas: como en anteriores ocasiones, si así tuviera que ser, se haría política de ultratumba. Adriano de Utrecht, al que por fin se hizo entrar, salió conforme de la habitación del rey. Nadie preguntó. Germana de Foix regresó: “ya ni puede hablar el pobre. Tampoco me escucha”. El Duque de Alba trató de consolarla. Miró de soslayo a Felipe de Vargas y éste entró en la estancia con Luis Zapata. El doctor Carvajal los siguió. Pasados unos minutos regresó Luis, que informó de que Fernando había accedido a cambiar el testamento de nuevo. Adriano se levantó y dio tres pasitos bajo la sotana para situarse en el centro. “Carlos es el heredero. Hasta que él llegue, el Cardenal Cisneros será el regente de Castilla; Alonso, el Arzobispo de Toledo, lo será de Aragón”, informó Luis. Todos se miraron conformes, tranquilos.

El doctor Carvajal confirmó la muerte del monarca horas después, el 23 de enero de 1516, vistiendo el traje dominico. Comenzaba el teatro de los unos y los otros, la farsa. Había que empezar a posicionarse dentro de un nuevo imperio.

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Adriano de Utrecht, Adriano VI desde 1522, encontró el sillón papal incómodo: no era como se había imaginado. Así que mandó traer un cojín.